El arte es la expresión de los sentimientos más íntimos del autor. Plasmar una imagen es volcar sutiles emociones que van a ser captadas por el alma del espectador según su sensibilidad y vivencias.

Desarrollar el gusto por el arte, necesita un entrenamiento, agudizar los sentidos, volcar los colores y las formas y admirarse de la sublime creación de Dios fuente primaria de toda belleza.

“Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre. ¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien! Mis huesos no te fueron desconocidos cuando en lo más recóndito era yo formado, cuando en lo más profundo de la tierra era yo entretejido. Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando aunque no existían uno solo de ellos. ¡Cuán preciosos o Dios me son tus pensamientos! ¡Cuán inmensa es la suma de ellos!” Salmo 139. 13-17

Fuimos hechos a Su imagen y semejanza, con habilidades y aptitudes para crear, observar asombrarnos, asimilar, expresar y establecer una comunicación sincera y completa con los demás, por lo tanto, la expresión en todas sus manifestaciones, constituye uno de los mejores medios para impulsar los procesos de cimentación de la personalidad, de crecimiento y desarrollo personal del individuo.

Un pensador de la Edad Media analizando la relación entre lo bueno y lo bello dice lo siguiente:

“A Dios se le dice bueno en cuanto que conduce todo al ser y al respectivo bien y lo hace progresar y lo perfecciona; se le dice además bello en cuanto que produce la armonía entre todas las cosas y dentro de cada una en la propia identidad”.

“Cuando observas la elegancia y la magnificencia del universo encuentras que, este mismo universo se parece a un cantico bellísimo, donde las demás criaturas, que gracias a su variedad concuerdan en una estupenda armonía, constituyen un concierto de maravillosa alegría”